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¿Por qué América Latina sigue siendo la región más letal para defensores ambientales?

América Latina registró en 2025 el 85% de los asesinatos de defensores ambientales a nivel mundial, confirmando una tendencia que convierte a…

17 de septiembre de 2026 5 min de lectura
Redacción MiHispano+ · con información de delfino.cr
Fotografía ilustrativa · delfino.cr
Fotografía · delfino.cr

América Latina registró en 2025 el 85% de los asesinatos de defensores ambientales a nivel mundial, confirmando una tendencia que convierte a la región en el epicentro global de la violencia contra quienes protegen territorios, recursos naturales y ecosistemas. Esta concentración desproporcionada no es casualidad ni fenómeno reciente: responde a dinámicas estructurales donde convergen modelos extractivistas, debilidad institucional, impunidad sistémica y la creciente disputa por recursos estratégicos en contextos de crisis climática. Comprender por qué esta violencia se ensaña específicamente con Latinoamérica exige examinar las condiciones históricas, económicas y políticas que hacen de la defensa ambiental una actividad de alto riesgo mortal en esta geografía particular.

Raíces históricas del extractivismo y la violencia territorial

La concentración de violencia contra defensores ambientales en América Latina tiene raíces profundas en patrones coloniales de apropiación territorial que nunca se desmantelaron completamente. Desde la Conquista, la región ha funcionado como proveedora de materias primas para mercados globales: metales preciosos primero, después café, banano, petróleo, y actualmente litio, cobre y madera tropical. Este modelo extractivista no solo persiste sino que se ha intensificado en las últimas dos décadas con el auge de los commodities y la demanda global de minerales para la transición energética.

Lo crítico es que estos proyectos extractivos operan frecuentemente en territorios indígenas, afrodescendientes o campesinos donde las comunidades mantienen formas tradicionales de gobernanza y relación con la naturaleza que chocan frontalmente con la lógica del capital extractivo. Cuando estas comunidades se organizan para defender sus territorios, enfrentan no solo a corporaciones transnacionales sino también a Estados que priorizan inversión extranjera y exportaciones sobre derechos territoriales. La institucionalidad ambiental latinoamericana es débil comparada con la capacidad de presión de sectores empresariales, lo que deja a los defensores expuestos sin respaldo estatal efectivo.

Además, la histórica concentración de tierra en América Latina agrava el conflicto. Países como Brasil, Colombia, Guatemala y Honduras mantienen índices de Gini sobre propiedad de tierra entre los más desiguales del planeta. Esta desigualdad territorial genera confrontaciones violentas cuando comunidades sin título formal enfrentan concesiones otorgadas por gobiernos a empresas mineras, madereras o agroindustriales. El conflicto por la tierra no es abstracto: es literal, territorial, y frecuentemente mortal.

Actores, intereses y dinámicas de poder

Los asesinatos de defensores ambientales no son crímenes aislados ni pasionales: son estratégicos. Organizaciones internacionales de derechos humanos documentan patrones recurrentes donde los homicidios se concentran en zonas de proyectos extractivos específicos, con víctimas que habían denunciado públicamente concesiones ilegales, contaminación o violaciones territoriales. Los perpetradores materiales suelen ser sicarios locales, pero los instigadores intelectuales frecuentemente vinculan a empresarios, terratenientes o incluso funcionarios estatales que ven en la eliminación física de líderes una forma de desarticular resistencias comunitarias.

Los intereses en juego son masivos. Proyectos mineros a cielo abierto mueven miles de millones de dólares. Concesiones madereras en la Amazonía, el Chocó biogeográfico o Centroamérica proveen especies valiosas para mercados asiáticos y europeos. Monocultivos de palma africana, soja o aguacate para exportación requieren expandir fronteras agrícolas sobre bosques y humedales. Cada uno de estos sectores tiene capacidad de captura estatal, lobby político y recursos para contratar seguridad privada que opera en zonas grises de legalidad. Cuando defensores ambientales logran bloquear proyectos mediante recursos legales, movilizaciones o visibilización mediática, se convierten en obstáculos que ciertos actores económicos deciden remover.

Las declaraciones públicas oficiales suelen lamentar los asesinatos pero rara vez derivan en investigaciones efectivas. La impunidad supera el 90% en casos documentados. Gobiernos latinoamericanos oscilan entre retórica de protección ambiental en foros internacionales y políticas domésticas que priorizan extractivismo. Esta contradicción genera vacíos de protección donde defensores operan sin escoltas, sin protocolos de seguridad y sin respuesta judicial cuando reciben amenazas. Organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han otorgado medidas cautelares a centenares de defensores, pero su implementación depende de Estados que no siempre cumplen.

Escenarios posibles en el horizonte próximo

La tendencia observada en 2025 podría intensificarse si no hay cambios estructurales. La creciente demanda global de minerales críticos para tecnologías verdes (litio, cobalto, cobre) empuja nuevas concesiones extractivas en territorios previamente resguardados. Paradójicamente, la transición energética que busca mitigar el cambio climático podría incrementar conflictos ambientales en América Latina. Simultáneamente, la crisis climática agudiza disputas por agua, tierra cultivable y bosques, multiplicando los frentes de conflicto donde defensores ambientales se movilizan. Sin reformas en gobernanza territorial, justicia efectiva y regulación extractiva, el número de asesinatos podría mantenerse o aumentar.

Síntesis analítica

América Latina concentra el 85% de los asesinatos de defensores ambientales porque combina extractivismo histórico, desigualdad territorial extrema, institucionalidad ambiental débil e impunidad estructural. No es casualidad geográfica sino resultado de modelos económicos que priorizan exportación de commodities sobre derechos territoriales y ambientales. Mientras persistan estas condiciones sin reformas profundas en gobernanza, justicia y regulación, la región seguirá siendo el lugar más peligroso del mundo para quienes defienden la naturaleza. La violencia contra defensores no es colateral: es funcional a un sistema que requiere despojar territorios para mantener flujos de extracción global.

Fuentes

Resumen editorial elaborado por MiHispano+ a partir de las fuentes citadas. Enlazamos siempre al medio original.

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