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Tu país

La cultura política que dejamos: más allá de un gesto

El diputado toma el micrófono. La cámara enfoca. En la sala, algunos colegas miran sus teléfonos, otros intercambian murmullos. Lo que viene…

17 de septiembre de 2026 6 min de lectura
Redacción MiHispano+ · con información de delfino.cr
Fotografía ilustrativa · delfino.cr
Fotografía · delfino.cr

El diputado toma el micrófono. La cámara enfoca. En la sala, algunos colegas miran sus teléfonos, otros intercambian murmullos. Lo que viene a continuación durará apenas unos segundos: una burla, un gesto de desprecio, una frase diseñada no para debatir sino para humillar. Las redes sociales explotan. Los titulares se multiplican. Para la noche, el fragmento ya circula editado, compartido, comentado. Pero lo que queda, lo que realmente importa, no es el video viral. Es la semilla que se planta en la cultura política de un país. Una semilla que germinará en las próximas elecciones, en las conversaciones familiares, en la manera en que los ciudadanos entienden qué es hacer política. Porque una acción puede durar segundos, pero la cultura que se construye a partir de ella puede durar generaciones.

El lenguaje como herramienta de poder

En los últimos años, el lenguaje político en América Latina ha experimentado una transformación profunda. Donde antes predominaba el debate de ideas, aunque imperfecto, hoy prevalece la confrontación personal. Los insultos sustituyen argumentos. Las burlas reemplazan propuestas. El desprecio se normaliza como estrategia de comunicación. No se trata de un fenómeno aislado ni accidental. Es una estrategia deliberada que responde a una lógica electoral específica: la polarización como motor de movilización. Cuando un político ridiculiza a su adversario, no busca convencerlo ni dialogar con él. Busca enviar un mensaje a su base: somos diferentes, somos mejores, ellos son el enemigo. Este tipo de lenguaje no apela a la razón sino a la emoción. Genera identificación tribal, lealtad incondicional, rechazo visceral hacia el otro. Y funciona. En el corto plazo, al menos.

La viralización del odio

Las plataformas digitales han amplificado este fenómeno de manera exponencial. Un comentario despectivo en una sesión legislativa que hace dos décadas habría pasado desapercibido, hoy se convierte en trending topic en minutos. Los algoritmos premian la indignación, el conflicto, la provocación. Un tweet mordaz recibe más interacciones que un hilo explicativo sobre política fiscal. Un video de un funcionario insultando a otro acumula más reproducciones que un debate sustantivo sobre educación. Los políticos lo saben. Y adaptan su comportamiento en consecuencia. No es casualidad que muchos líderes actuales parezcan más influencers que estadistas. Su capital político no se mide en reformas aprobadas sino en seguidores ganados, en menciones generadas, en polémicas provocadas. La política se convierte en performance. Y el performance requiere drama, confrontación, espectáculo. La sustancia queda en segundo plano.

El costo de la normalización

Pero esta estrategia tiene costos invisibles que se acumulan con el tiempo. Cuando el lenguaje del desprecio se normaliza en la esfera pública, permea todas las capas de la sociedad. Los ciudadanos reproducen en sus conversaciones cotidianas el mismo tono que escuchan de sus representantes. Las diferencias políticas dejan de ser diferencias de ideas para convertirse en diferencias morales: el otro no solo está equivocado, es malo, es corrupto, es un peligro. Esta dinámica erosiona los fundamentos de la democracia. Una democracia funcional requiere dos elementos básicos: la posibilidad de disentir sin ser destruido y la capacidad de construir acuerdos a pesar de las diferencias. Cuando el lenguaje político se basa en la burla y el desprecio, ambos elementos desaparecen. El disenso se vuelve traición. El acuerdo se interpreta como rendición. Y la política se convierte en guerra total donde solo caben vencedores y vencidos.

La cultura política como herencia

Las generaciones más jóvenes están creciendo en este ambiente. Para muchos adolescentes y jóvenes adultos que hoy empiezan a interesarse por la vida pública, esta es la única política que conocen. No han experimentado debates donde se respetaba al adversario, donde se podía discrepar con civilidad, donde era posible cambiar de opinión sin ser acusado de traidor. Para ellos, la política es naturalmente confrontacional, tribal, agresiva. Esta normalización generacional es quizás el daño más profundo. Porque define no solo cómo se hace política hoy, sino cómo se hará en las próximas décadas. Los jóvenes que hoy admiran a políticos que insultan y desprecian, mañana serán candidatos, legisladores, gobernantes. Y replicarán lo que aprendieron. El ciclo se perpetúa, se profundiza, se vuelve cada vez más difícil de romper.

Las excepciones que confirman la regla

No todo el panorama es sombrío. Existen todavía figuras políticas, aunque minoritarias, que intentan mantener un lenguaje diferente. Legisladores que debaten con datos, que reconocen la legitimidad del adversario, que construyen puentes en lugar de trincheras. Pero enfrentan un dilema: en un ecosistema mediático que premia la confrontación, el lenguaje moderado es castigado con invisibilidad. Sus propuestas no generan titulares. Sus discursos no se viralizan. Su trabajo paciente de construcción de consensos no produce momentos épicos para las redes sociales. Muchos terminan adaptándose al nuevo código para sobrevivir políticamente. Otros persisten, sabiendo que su impacto será limitado. Algunos simplemente abandonan la vida pública, hastiados de un juego donde las reglas les resultan incompatibles con sus valores. La pregunta es si estos casos aislados pueden eventualmente revertir la tendencia o si son simplemente resistencias testimoniales de un modelo político ya superado.

El momento de elegir

Una sociedad puede tolerar episodios aislados de lenguaje político agresivo. Puede sobrevivir a momentos de polarización intensa. Pero cuando la confrontación verbal se convierte en norma, cuando el desprecio público se vuelve estrategia aceptada, cuando la burla reemplaza sistemáticamente al argumento, algo fundamental se quiebra. No de inmediato. No de manera visible. Pero con certeza. La cultura política de una nación es como un idioma: se construye palabra por palabra, conversación tras conversación, generación tras generación. Cada gesto de un político en una tribuna, cada tweet incendiario, cada entrevista convertida en ring de boxeo, agrega una pieza más a ese idioma colectivo. Y así como un idioma define cómo pensamos y qué podemos expresar, la cultura política define qué tipo de democracia podemos construir.

La decisión sobre qué tipo de cultura política queremos no la toman solo los políticos. La tomamos todos cada vez que compartimos un video de confrontación en lugar de un análisis serio, cada vez que celebramos una burla ingeniosa en lugar de valorar una propuesta sustantiva, cada vez que exigimos a nuestros representantes que «le digan sus verdades» al adversario en lugar de pedirles que negocien soluciones. La acción puede durar segundos, pero sus consecuencias nos acompañarán durante generaciones. Y todavía estamos a tiempo de elegir qué sembramos.

Fuentes

Resumen editorial elaborado por MiHispano+ a partir de las fuentes citadas. Enlazamos siempre al medio original.

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