Las puertas del Congreso Nacional de Honduras vuelven a abrirse esta semana con una carga de urgencia poco habitual. En los pasillos del Poder Legislativo, el murmullo es uno solo: la reforma energética no puede esperar más. Mientras los diputados regresan de su receso, el país entero observa con una mezcla de esperanza y escepticismo si finalmente habrá voluntad política para enfrentar una crisis que lleva años desangrando las finanzas públicas y estrangulando el crecimiento económico.
La Empresa Nacional de Energía Eléctrica, conocida por sus siglas ENEE, se ha convertido en el símbolo más visible de la disfunción administrativa hondureña. Cada mes, la empresa estatal absorbe recursos del tesoro público que podrían destinarse a educación, salud o infraestructura. El déficit operativo de la ENEE no es un secreto para nadie: es un agujero negro financiero que consume cientos de millones de lempiras anuales sin que mejore sustancialmente el servicio para los usuarios ni se garantice la expansión necesaria para atender nuevas demandas industriales y comerciales.
Lo que hace particularmente crítica la situación es que esta crisis eléctrica ya no es solo un problema fiscal. Se ha transformado en un obstáculo estructural para el desarrollo del país. Empresarios de diversos sectores han advertido que sin garantías de suministro eléctrico estable y competitivo, resulta imposible atraer inversión extranjera significativa o expandir operaciones existentes. Proyectos de manufactura, agroindustria, turismo y tecnología requieren certeza energética, algo que Honduras no puede ofrecer bajo el esquema actual. El mensaje de los gremios empresariales ha sido contundente: sin reforma energética, no hay posibilidad real de impulsar el aparato productivo nacional.
El costo político de la inacción
Durante años, la reforma del sector eléctrico ha sido una papa caliente que ningún gobierno ha querido sostener por mucho tiempo. Los intentos anteriores han enfrentado resistencia de sindicatos, grupos políticos y sectores que se benefician del status quo. Pero el deterioro de la situación financiera y operativa de la ENEE ha llegado a un punto donde la inacción tiene un costo político tan alto como la acción. Los apagones recurrentes, las facturas impagables para ciertos sectores y la imposibilidad de expandir la cobertura han generado un descontento generalizado que atraviesa todas las clases sociales.
La presión sobre el Congreso Nacional no proviene únicamente de círculos empresariales. Organizaciones de sociedad civil, economistas, instituciones financieras internacionales y hasta organismos multilaterales han señalado la urgencia de reformar la estructura del sector energético hondureño. El consenso técnico existe: se necesita separar las funciones de generación, transmisión y distribución; atraer capital privado para modernizar infraestructura; establecer marcos regulatorios transparentes; y crear mecanismos eficientes de fijación de tarifas que equilibren sostenibilidad financiera con acceso para sectores vulnerables.
Sin embargo, el consenso técnico no siempre se traduce en voluntad política. Los diputados que retoman sesiones esta semana saben que votar a favor de una reforma energética implica tomar decisiones difíciles y potencialmente impopulares a corto plazo. Cualquier cambio estructural en la ENEE toca intereses enquistados, afecta estructuras de poder y genera incertidumbre entre trabajadores del sector. La historia legislativa hondureña está llena de reformas necesarias que se han diluido en comisiones, se han fragmentado en consensos aguados o simplemente han muerto en el olvido porque el costo político inmediato pareció demasiado alto.
Una economía paralizada
Mientras tanto, la economía hondureña opera muy por debajo de su potencial. Inversionistas potenciales descartan al país cuando descubren la precariedad del sistema eléctrico. Empresas locales posponen expansiones o instalan generadores propios a costos prohibitivos, lo que reduce su competitividad. Familias en zonas urbanas y rurales enfrentan cortes de luz que afectan su calidad de vida y su productividad. Y el Estado continúa destinando recursos críticos a tapar los huecos financieros de la ENEE, perpetuando un ciclo de dependencia que impide inversión en otras áreas estratégicas.
La reforma energética que esperan diversos sectores no es una solución mágica ni inmediata. Cualquier transformación profunda del sector eléctrico tomará años en implementarse completamente y requerirá ajustes continuos. Pero lo que está claro es que sin dar el primer paso legislativo, Honduras seguirá atrapada en una dinámica de estancamiento energético que lastra todas las demás aspiraciones de desarrollo. El llamado urgente que reciben los diputados esta semana no es caprichoso: es el reconocimiento de que el tiempo para reformas graduales y tibias ya se agotó.
Ahora, con las sesiones legislativas reiniciadas, el país observa si sus representantes electos tendrán la capacidad de mirar más allá de los cálculos políticos inmediatos y actuar en función del interés nacional de largo plazo. La reforma energética que Honduras necesita está sobre la mesa. La pregunta es si el Congreso Nacional tendrá el coraje de aprobarla.
Fuentes
Fuentes
Con información de proceso.hn



